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martes, 15 de marzo de 2011

EL VALOR DE LA VIDA Y LA PERSONA

“La vida es lo más grande. El que la quita, lo quita todo”

De la vida se puede hablar en abstracto, pero es también antes que nada un hecho, un fenómeno concreto. La vida es uno de esos conceptos enormemente amplios, sumamente cambiantes y ambiguos. Esto no es casual, ni se debe sólo a falta de claridad conceptual; pertenece a la misma entraña de lo que es vivir, de lo que es la vida.

No hay vida humana anónima; toda vida humana lo es de alguien. Tan pronto como hablamos de la vida propia de un ser humano, aparece algo absoluto: la persona que vive. La vida es un fenómeno particular y altamente improbable. La propia vida de cada uno es el punto de partida de todo pensamiento y de toda acción humana. Hablamos de la vida, para empezar, en primera persona.

El hombre y la mujer han recibido de Dios una particularidad en su poder más exclusivo, el poder del don de la vida. El don de la vida, que Dios creador y padre ha confiado al hombre, exige que este tome consciencia de su inestable valor y lo acoja responsablemente. La vida siempre es un bien. Podemos afirmar que es el bien más preciado que existe y el fundamento de todos los demás bienes que un ser humano puede poseer. Dios es el autor de la vida y nos ama incondicionalmente. Además la vida de cada persona tiene un valor tan sublime que no puede compararse con la vida de otros seres vivos. El valor de la vida humana se puede expresar con el uso de la razón. Proteger la vida humana es un deber que recae sobre toda persona. Esta tarea es el camino de la vida que ha de asumirse con decisión y responsabilidad.

El valor ético de la vida humana está fundamentado en su carácter sagrado. La vida humana “es un bien indivisible”, esto es, “es sagrada e inviolable en todas sus fases y situaciones (EV. 87). La vida humana es un valor igual en todas las personas. El derecho a la vida es el fundamento de todos los demás derechos humanos. Ha de ser reconocido por todos, tanto creyentes como no creyentes.

Todo ser humano (persona) tiene el derecho a ser respetado totalmente, este bien primario suyo. En el reconocimiento de este derecho se fundamenta la convivencia humana y la misma comunidad política.

Con el corazón abierto tenemos que vivir y amar la vida. No somos los creadores de la vida. Es ella lo que nos engendra, abraza y alimenta, la que nos engendra , la que nos respira y expira, la que entra y sale de nosotros. La persona puede amarla con pasión o tan solo soportarla inútilmente. Puede hacer de ella una gracia y bendecirla o transformarla en una carga pesada, en la que morirá sin reconciliación con ella.

La vida es el don más preciado que poseemos. Entregarla por alguien es la confesión suprema de amor que lo podemos hacer. El ser humano no conoce una maravilla mayor que el milagro de la vida. Vivir, sencillamente, vivir es ya demasiado bueno, vivir es una gracia inconmensurable. La persona que vive la vida inmersa en ella y la cultiva con gracia y alegría. El mundo necesita personas que protejan la vida y hagan de ella una gracia, un testimonio de grandeza.

Vivir es la gracia mayor que nos da el Dios de la vida, dador de todas las gracias. La vida es un interrogante, un misterio. Lo importante no consiste en acertar siempre en nuestras opciones, sino en estar dispuestos a reemprender la marcha hacia el encuentro con el Dios de la vida. Hay que vivir en la transparencia dejando que la vida entre y salga libremente de nosotros, aceptando incondicionalmente lo que ella nos va ofertando. La vida no puede reducirse a uno mismo, somos pacientes destinatarios del misterio de la vida, pero también sus creadores participantes.

Existimos para dar excelencia a la vida, posibilitando que Dios se siga delimitando en ella. La vida no es solamente lo que nos parece bueno, sino todo lo que sucede. La pasión por la vida es el mayor homenaje que el hombre puede atribuir a Dios, Creador, Salvador y gran amigo de la vida (Sab. 11, 26). El que vive apasionadamente sufre la transformación de su propio yo, para reencontrarse, recreado y feliz, con el Dios de la vida. La vida es soplo, inspiración de Dios, todo ha sido creado por la Palabra de Dios.

Efectivamente, la vida no es cualquier cosa. No es una cosa valiosa más entre otras muchas cosas que también valen, la vida que cada uno de nosotros vivimos es la única que valoramos. La vida es la base de cualquier otra cosa valiosa que podemos tener o experimentar, o que pueda acontecernos. Porque vivimos, podemos gozar, amar, disfrutar de la belleza, cuidar a otros, transmitir la vida, actuar.

Lo primero que hacemos es vivir, y luego filosofar, pensamos si merece la pena vivir o no, si la vida es un valor absoluto o relativo. La vida propia es el hecho primordial para todo el que vive, se plantea cómo vivir, etc. nuestra vida es la realidad más radical con la que contamos. Ya que es la raíz de todas demás cosas. La vida, según eso, es la única ventana a la que toda otra realidad ha de asomarse para sernos realidad; es un escenario que no puede quedarse vacío, que no se concibe sin esas otras realidades que lo ocupan. La vida, la de cualquiera, es la encrucijada en que convergen mi yo y el de cualquier otro, mi yo y el mundo.

La vida humana de toda persona vale por sí misma, por quien la vive, pero también por lo que con ella se vive o se puede vivir, y por todo aquello para lo que se vive. Lo que hace radicalmente valiosa una vida es que ofrece la posibilidad de realización personal en verdad, bondad y belleza, en libertad y amor.

domingo, 6 de marzo de 2011

¿QUÉ MEMORIA TENEMOS?


En la vida del ser humano suceden acontecimientos agradables y desagradables, estas situaciones las tenemos guardadas en la memoria como gratos recuerdos que han podido marcar nuestra vida ; sin embargo, no queremos recordar situaciones negativas, aquellas que nos han podido herir. En nuestra memoria la cancelamos, como en una memoria portátil, porque las cosas desagradables, como menciona el dicho criollo: “No vale la pena recordarlo”.

Nuestra sociedad también en su conjunto guarda recuerdos agradables y desagradables. Unos son más recordados que otros. Entre los desagradables podemos mencionar las muy recordadas tragedias de mesa redonda de años atrás, el de la discoteca Utopía. Situaciones que hasta hoy se pide justicia. El resultado de estos acontecimientos fue desolación y miedo para la sociedad. No podemos olvidar las situaciones agradables también, faltaría espacio para mencionarlos. Si pusiéramos en una balanza los recuerdos agradables y desagradables ¿Cuáles pesarían más?

La memoria lo tenemos de manera individual y colectiva. En esta ocasión hablaremos de la memoria de cada persona. Por ejemplo la memoria de un creyente, para él es el órgano de la fe, o su mediador psíquico central y decisivo. La fe es cuestión sobre todo de memoria. Aquí se cree recordando y se recuerda creyendo, hay pues una perfecta sintonía y simetría entre recordar y creer.

Por otro lado la memoria puede llevarnos a la reconciliación, cuando se ve y lee, en las vivencias que se ha tenido, una lógica de amor pensada y puesta en obra por Dios. Podemos decir que la reconciliación es un fenómeno de integración.

Amedeo Cencini tiene una clasificación a cerca de la memoria. Dice que los virus de la memoria pueden ser muchas. A continuación presentamos la clasificación que hace Cencini sobre la memoria:

1.- MEMORIA APÁTICA.- Es la memoria de recordar de aquel que ha perdido la libertas de emocionarse frente al bien recibido, pues lo considera casi un derecho. Y por eso no agradece a nadie; no siente la exigencia de “volver atrás” en su propia historia para dar gracias a cuántos le han procurado algún beneficio; desde sus padres hasta tantas otras simples y casi inadvertidas mediaciones del amor eterno.

2.- MEMORIA PARCIAL.- Es la memoria de aquel que solo recuerda una parte de su vida, tal vez la negativa, o que subraya los inevitables lados oscuros y pasados de la existencia, como si hubiese otra cosa sino ellos.

3.- MEMORIA SUPERFICIAL.- Es aquella manera de recordar que registra únicamente los hechos sobresalientes, sensacionales, exitosos, casi como las experiencias extraordinarias de Dios o aquellas en las que es más fácilmente legible el sentido de su presencia, excluyendo toda lo demás.

4.- MEMORIA NOSTÁLGICA.- Es aquel modo de idealizar el pasado hasta contraponer el presente y cerrarlo al futuro.

5.- MEMORIA QUEJUNBROSA-ENFEDADA.- Es el estilo de quien descubre en el pasado sólo o sobre todo afrentas e injusticias de las que habría sido víctima, o todo lo que de alguna manera habría sido la raíz de sus actuales problemas, inmadurez incluida. El pasado, en estos casos, funciona como coartada para justificar el presente y des- responsabilizar al sujeto.

6.- MEMORIA DESESPERADA.- Es la manera de recordar típica de aquellos que creen poder reseñar en su propio pasado, a diferentes niveles, solo fracasos y descalabros. Frente a los cuales no les queda sino admitir, decepcionados y apesumbrados, la derrota. A menudo quien recuerda de esta manera no vislumbra perspectiva futura alguna: es como aplastado por el peso pesado.

Hasta aquí no se ve una memoria positiva que nos ayuda a sanar aquellas experiencias negativas. Por el contrario, pareciera que nos tendríamos que ubicar una u otra memoria que se adapte a la persona. En estos virus memoria inhiben de una manera más o menos evidente la capacidad de escoger y la posibilidad de una opción.

Este recorrido de la memoria lo pongo en analogía con el itinerarium mentis in Deum (Itinerario de la mente hacia Dios) de San Buenaventura. Porque al final Cencini nos propone una “memoria amoris”. A esta memoria tenemos que aspirar, buscar y llegar para sentirnos bien para recordar nuestro pasado con gratitud, vivir el presente con pasión y abiertos con confianza al futuro (Juan Pablo II).

La “memoria amoris” es memoria de quien mira con ojos benévolos su propio pasado y lo descubre lleno de cariño recibido: es amor que reconoce el amor recibido como un don. Solo el amor puede reconocerse así mismo. Esta memoria deja en el corazón la consoladora certeza de haber sido amado, ya amado, por Dios y por tantas mediaciones humanas de su amor. Es un amor en condiciones de retomar el pasado con sus inevitables heridas, de alguna manera sanándolos. Es importante recordarlo y reasumirlo, escogiendo adoptar frente a él una actitud nueva. El amor que recuerda y es recordado reconstruye el pasado y perfila el futuro, un futuro que en parte retoma aquel pasado y en parte retoma aquel pasado en parte lo supera, reafirme aquella certeza y parte de ella para realizar algo inédito, un designio que revela la originalidad y unicidad de la persona.

DIME QUIÉN ES DIOS


A Francisco se le podrá ver, considerar y admirar desde muchas y sugestivas perspectivas humanas, pues fue una personalidad muy rica en vivencia, proyectos y actitudes. Fue un cristiano excelente. Fue un verdadero y sincero peregrino hacia el amor infinito, que es Dios, que se revela en diversas ocasiones de su vida, familiar y ambiental.

BUSCADOR DE DIOS

Desde los comienzos de su transformación interior, en que se dirigía a Dios diciéndole: “Señor, ¿Qué quieres que haga?”, hasta el final de su vida siempre estuvo en actitud de búsqueda y de respuesta a la llamada que le trascendía. En Dios encontrado por Francisco no es el resultado de una reflexión ni el postulado de la razón. Es el Dios revelado gratuitamente en su vida, sentido como fuerza salvadora, como luz iluminadora, como vida gozosa y como amor salvador. El Dios que descubre es para él el centro absoluto de referencia de toda su vida y le criterio supremo para valorar sus decisiones últimas. Es a la luz divina como el hombre aparece en sus justas dimensiones. El Dios revelado en Cristo, que es amor, y que con su mirada amorosa ilumina y purifica el fondo oscuro de la persona. La presencia amorosa que eleva al hombre a su máxima plenitud. El Dios que también se manifiesta se oculta.

Francisco no solo va Dios por las oraciones oficiales de la Iglesia, por la liturgia, sino también a través de toda la creación: la naturaleza, el paisaje, el sol, la luna, los astros, las flores, los pájaros y demás criaturas. Todo es gracia. La fe es gracia, es razonable y es libre, dice la teología cristiana, pero es primordialmente experiencia que envuelve, orienta y guía al creyente.

La experiencia religiosa de Francisco nos demuestra todo un mundo de relaciones vividas y compartidas, pues no va a Dios en solitario, aunque lo busque en la soledad. Busca a Dios en la intimidad, en la Iglesia, en la naturaleza, en la sociedad, en la liturgia y en cualquier acontecimiento. El Dios cristiano no es tanto el Dios del más allá, sino del más acá, de lo cercano, vivencial y experiencial en todas las más variadas expresiones del vivir. Fascinado por el Dios de Jesucristo, busca apasionadamente a ese Dios, pregunta afanosamente por él y se deja invadir locamente por él. Su existencia humana se ha convertido y transformado en búsqueda religiosa, en imitación de Cristo y en testigo de la Trinidad.

Para el pobrecillo Dios es vida frente a la muerte. Fuerza en la debilidad. Luz en la oscuridad. Esperanza en la incertidumbre. Gozo en la tristeza. Se ha dejado encontrar por Dios. No se escondió a la llegada y a la llamada divina, pues había un ser totalmente disponible para recibir al absoluto, que le salía al encuentro de muchas formas y en circunstancias diversas.

Este personaje sensacional tiene la capacidad maravillosa de ofrecer un aspecto muy positivo y atrayente de la religión. De rescatar al hombre tímido y cobarde de lo oscuro de su ser y de la sombra de indiferencia, para atraerlo hacia la presencia luminosa del Dios creador y salvador de todos.

Francisco no ha dejado un tratado de teología, sino una experiencia profunda religiosa que nos devela que él era un apasionado de Dios y un enamorado de Jesucristo. A partir de este amor concreto orientó toda su vida y cambió su modo de relacionarse con los demás hombres y con la misma naturaleza.

DIOS ES COMUNIDAD

La espiritualidad de Francisco es ciertamente trinitaria, que logró transmitir a su familia e inspirar una teología de la comunidad. Presenta a Dios no solo como un sujeto de adoración, sino también como modelo de imitación. Como paradigma de comunidad. La presencia de Dios late como fuerza incontenible de vida y de irradiación. A Dios hay que acercarse por el instinto del amor, porque cuando el corazón inteligente investiga es que ya lo posee en parte al entendimiento que aclare lo que anhela. La Trinidad como munidad, es la respuesta y solución a la soledad de la persona y a su impulso de apertura y comunicación.

La trinidad constituye comunidad donde la fuerza vinculante es el amor. La dinámica del amor sustenta y explica la realidad divina tripersonal. Dios no solo tiene amor, sino que es amor y, desde esa fuerza vinculante, es Trinidad. El ser divino es amor efusivo y expansivo que se manifiesta en la vida trinitaria, en la creación y en la santificación por la gracia. De este modo, el Padre engendra al hijo. Y, dado que el amor es expansivo, entre Padre y le Hijo brota el Espíritu Santo, que se integra en la comunidad divina también con amor infinito. En Dios encontramos aunadas la presencia y la esencia del ser divino. Por tanto, en él no puede entenderse su ser sino desde la bondad.

Buenaventura acentúa que Dios es amor no solo porque así se revela en la Biblia, sino también por motivos existenciales, ya que el amor es sinónimo de donación, acogida, intercambio vital, coexistencia y armonía en unidad y pluralidad de vida y de acción. Dios es amor tanto por razones de fe como por motivos psicológicos y humanos. El amor no solo tiene una prioridad constitutiva, sino también ética y social. Dios es mucho más que un espíritu perfectísimo. Es el sumo bien, el amor supremo y, en cuanto tal, difusivo y autocomunicativo. Sale fuera de sí para encontrarse con el otro diferente y, de ese modo, poder integrar se en un proyecto vital comunitario.

Aunque Dios rebasa nuestro horizonte mental, podemos decir, que no es un padre prepotente y déspota que disminuye o eclipsa al Hijo y al Espíritu, sino una persona plena que se abre y se relaciona libre y gratuitamente con las demás. Dado que Dios es amor, que se expande y difunde, cada persona divina no puede ser una realidad cerrada, sino abierta hacia las demás e infinitamente comunicable en el encuentro interpersonal. El amor trinitario es luz que descubre y desvela el horizonte transparente de la existencia totalmente comunicativa y, por tanto, fecunda y ejemplar. El modelo de la trinidad nos impulsa a pasar del individualismo y del personalismo a la comunidad personalizada y transpersonalismo. La comunidad trinitaria es el modelo supremo de la convivencia humana, de la justicia social y el mejor paradigma para un humanismo integral y transpersonal.

CRISTO EL CENTRO

Jesucristo es el maestro y el camino que no se puede comprender si no se sigue. Seguir a Cristo significa cambiar el rumbo de la existencia y entrar en otra perspectiva nueva y exigente. San Francisco siempre tuvo a Jesucristo como el gran modelo en todo, al que trató de imitarle, hasta en lo más mínimo. Esa vivencia, centrada en Cristo, influyó mucho en la elaboración de una teología fundamentada en él, como lo hará el maestro Juan Duns Scoto. Para Escoto el amor es la suprema credibilidad y explica dinámicamente el encuentro de lo infinito con lo finito, del Creador con la criatura, de Dios con el hombre. Pero la mediación necesaria y absoluta es Cristo que vincula en sí la divinidad y la humanidad, lo necesario y lo contingente, lo eterno y lo temporal. Cristo es el centro primordial de interés en la manifestación de la gloria divina. Cristo es el arquetipo y el paradigma de la creación, la obra suprema de la creación en la que Dios puede espejarse adecuadamente y recibir de él la gloria y el honor que se merece.

Cristo hubiera existido aunque no hubieran existido ni los ángeles ni los hombres. Y, con mayor razón, aunque no hubiera existido el pecado. La encarnación del Verbo, en la naturaleza humana de Jesús, solo tiene su legítima justificación en el amor infinito de Dios y no en la previsión del pecado, aunque este haya condicionado la modalidad concreta de la encarnación. La misma creación son efecto y consecuencia de un acto libre de la voluntad divina. Toda la realidad creada tiende hacia su autor y creador.

El cristocentrismo, pues, es un postulado teológico y, al mismo tiempo, un principio iluminador de la naturaleza, de la historia y del mismo hombre. Jesucristo asume y resume ese punto omega de unidad y de síntesis. Él es la cima terminal del proceso cósmico, la conclusión explicativa del dinamismo de la misma historia. El hombre, habiendo sido creado a imagen y semejanza de Cristo, tiene una naturaleza teologal y es tendencialmente cristiforme. La antropología tiene su coronación y complemento en la cristología. Cristo, hombre –Dios, es la expresión más acabada y perfecta del misterio humano.

Ante los múltiples y graves problemas ambientales, el cristocentrismo nos brinda una perspectiva extraordinaria para implantar una ecología planetaria y para crear relaciones humanizadoras entre el hombre y la naturaleza, articuladas en una ética ambiental que tanto necesitamos. Cristo no da a la historia un sentido externo, sino interno. Y el hombre que se vincula libremente a él encuentra, descubre y vive el sentido profundo de la historia.

UN REENCUENTRO

Hola amigos, después de mucho tiempo pude abrir mi blog. He tenido ciertos inconvenientes con la tecnología, es el motivo por el cual dejé este espacio por buen tiempo. Hoy con la paciencia y el buen humor pude abrirlo. De ahora en adelante mi aporte a los cibernáutas será más frecuente, seguiré manteniendo la línea franciscana, haciendo más hincapié en la parte teológica. En la medida que uno va aprendiendo la Sagrada Escritura me da más ánimo para compartirlos mis entendimientos de los mismos. Les agradecería que hagan llegar sus comentarios a este humilde blog, de esas manera podremos ir mejorando y aprendiendo juntos lo que el Espíritu del Señor nos inspira a través de su Palabra y la vida diaría. Algunos artículos son síntesis de las lecturas que hago sobre algunos textos sobre filosofía, teología, franciscanismo y sociología. Desde luego que tiene el tinte personal, bajo un comentario a cada uno de ellos por quien escribe. Les agradezco su tiempo y lectura del siguiente blog. Muchas bendiciones y felicidades para todos.

lunes, 23 de agosto de 2010

PERSPECTIVA Y PROPUESTA ECOLÓGICA FRANCISCANA EN LA ACTUALIDAD


La palabra “ecología” (del griego oikós = casa, morada, y logos = discurso) indica el hábitat, la tierra habitada, interpretada como universo.
La ecología, en cuanto ciencia, se ha hecho más compleja; pero, en el fondo, se trata de la ciencia de las relaciones de todos que constituyen el mundo natural.
La ecología ha dejado de ser una disciplina particular y sectorial para convertirse en problemática universal, totalizadora e interdisciplinar. La ecología, aun conservando su peculiaridad científica, ha pasado a ser una concepción del mundo en la que están implicados elementos científicos, tecnológicos, económicos, filosóficos, éticos, políticos, religiosos y estéticos. Ha logrado crear una conciencia ecológica que rebasa el marco de lo puramente científico para presentarse como una filosofía de la vida.
La visión franciscana de la naturaleza se funda en la teología de la creación, pero no se trata de una teología intelectual y conceptual, sino cordial, intuitiva y afectiva. Francisco de Asís estuvo dotado de una fuerte unificación afectiva, mediante la cual descubre en los seres y fenómenos naturales la acción creadora de Dios. La presencia divina en el mundo hace que todas las cosas se presenten como sacramentos naturales. Por eso la interpretación simbólica de los seres de la naturaleza adquiere, en el universo franciscano, un sentido peculiar y enfático debido a su unificación afectiva cosmovisional. En esta perspectiva, puede decirse que la vida divina en los animales, en las plantas y en los astros tiene una relación análoga a la que se da entre el rostro humano, la mirada, la escucha y los fenómenos expresivos que ellos reflejan.
2. FRANCISCO Y LA NATURALEZA: UNA NUEVA RELACIÓN
a. El ser y el estar en el mundo
La mirada de Francisco sobre las cosas nunca fue interesada, ni egoísta, ni instrumentalizadora, porque logró liberarse de la codicia y del malsano deseo de la posesión y de dominio descontrolados y alienadores.
Francisco se coloca en medio de las criaturas, con ellas, no sobre ellas ni por encima de ellas. Sólo una relación así vivida y de fraternidad compartida puede crear un nuevo estilo de vivir y de estar en el mundo. Él canta al Señor por y a través de los seres, pero nunca renuncia a estar con ellos, pues con ellos y desde ellos se puede expresar la verdadera relación fraternal.
b. El Cántico del Hermano Sol
Francisco era profundo creyente, pero era también gran sentidor y fino poeta. Se sincronizan en él la vivencia religiosa y la expresión poética, como se manifiesta en el Cántico de las criaturas. Canto exponencial y sapiencial de su visión cósmica y de su relación ecológica y religiosa con Dios creador y con los seres creados.
c. La simpatía cósmica de San Francisco
La unión singular entre afecto natural y sentimiento religioso se dio entrañablemente en este personaje juntamente con la total compenetración entre ambos. Este santo simpatiza con la naturaleza, y con los seres que hay en ella, no solo por razones instintivas, religiosas y estéticas, sino también por motivos de familiaridad, de simpatía visceral y cordial.
3. HERENCIA ECOLÓGICA FRANCISCANA
Francisco de Asís originó un gran movimiento espiritual basado en el evangelio ciertamente; pero una espiritualidad que implica un ser y un estar en la Iglesia, en la sociedad y en la naturaleza. Un nuevo habitar y un nuevo relacionarse con todo lo existente. Francisco logró implantar y transmitir a su familia religiosa un estilo y una forma peculiares de ser, de existir y de vivir.
a. La naturaleza en san Buenaventura
En la línea de Francisco, Buenaventura ve e interpreta el mundo como un conjunto de relaciones armónicas que forman eso que se llama cosmos, es decir, orden.
El mensaje buenaventuriano, en relación con la naturaleza y con los seres que hay en ella, exige un comportamiento humano y una actitud existencial de respeto, de comunión y de confraternización con todos ellos, porque se apoya y se fundamenta en una filosofía del amor, que lleva más que a conocer las cosas a un saber vivir con ellas.
Este maestro franciscano presenta a la naturaleza como casa, como morada y como habitación en donde el ser humano se siente como en su propio recinto hogareño.
b. Universo y cristocentrismo en Juan Duns Escoto
El Doctor Sutil acentúa, sostiene y defiende abiertamente que Cristo es el arquetipo y el paradigma de la creación. Él es la obra suprema de la creación, en la que Dios puede espejarse adecuadamente y recibir de él la glorificación y el honor que se merece.
El cristocentrismo escotista ofrece una visión mística del universo. El mundo se presenta como diáfano sacramento de la divinidad, un gran altar donde se celebra la liturgia del Dios creador. La liturgia del universo se vincula a la liturgia de la eucaristía, porque en ambas está la presencia de Cristo. Esa comunión y vinculación entre la liturgia cósmica y la eucarística las vivió Francisco de Asís en perfecta armonía, transformada en canto.
c. El cosmos en Roger Bacón
En la cosmovisión que nos ofrece este científico franciscano, la naturaleza no es solo un don divino, sino que es el gran complemento del hombre. Este no es nada sin aquella, y aquella debe ser protegida por este. Entre ambos se da un gran hermanamiento, que debe desembocar en actitud de respeto, custodia y defensa. Los presupuestos científicos del sistema baconiano nos ofrecen los fundamentos culturales y éticos para alcanzar una ecología planetaria, pues todo en el universo es armonía, al mismo tiempo que exige el imperativo humano para defender, promover y respetar el maravilloso mundo natural, en el que vivir es convivir en el plano humano y con gran sentido de fraternización universal.
d. Mundo natural en Guillermo de Ockham
En la cosmología ockhamista se integran elementos teológicos, filosóficos y físicos. Este franciscano subraya la contingencia del mundo para salvaguardar la libertad y la omnipotencia divinas.
Ockham, fundador de los derechos subjetivos, es también propulsor de los derechos no solo de los animales, sino también de los seres sensibles e insensibles. Este franciscano original nos brinda la perspectiva abierta hacia una ecología vivida desde el reconocimiento de las propiedades naturales de cada ser y de cada cosa. Detrás de su pensamiento filosófico se percibe la sensibilidad fraterna de Francisco de Asís hacia toda la creación.


4. ECOLOGÍA ACTUAL Y MENSAJE FRANCISCANO
Actualmente, la ecología presenta no poca ambigüedad, pues encierra en un mismo proyecto analítico y propositivo elementos científicos, técnicos, sociales, culturales, políticos y económicos, frecuentemente mezclados con ideologías interesadas y con fines muy sesgados.
Francisco de Asís no ofrece una ética ambiental, sino algo más profundo y esencial, como es una cultura ecológica o, si se prefiere, espiritualidad ecológica, que surge del sentimiento de simpatía cósmica e implica y se traduce en un comportamiento fraterno y de respeto por la naturaleza y todos los seres que la habitan, tanto animados como inanimados. Más que una ética se nos brinda una mística y una estética del mundo y de la vida. La ética se basa en el “tú debes”, la estética en el “yo siento” y la mística en el “yo participo”, aunque las tres se complementan y convergen en un estilo propio de existir y actuar.
El habitante singular Francisco invita a todos los conciudadanos de la patria común a poner en circulación cuatro verbos activos, solidarios y benefactores para toda la creación: pensar, sentir, actuar y confraternizar ecológicamente.
El mensaje franciscano puede ayudar a los habitantes del planeta Tierra a aprender a habitar en el mundo y ofrece una nueva pedagogía del “estar en la naturaleza”, además del con-vivir fraternalmente con los otros. Para ello propone superar:
• La confrontación del dualismo subjetivismo-objetivismo.
• La filosofía del mecanicismo.
• El espiritualismo desencarnado como forma de vida y expresión de una concepción excesivamente negativa de lo material.
• El uso abusivo de las cosas naturales como simples utensilios.
• La idea equivocada del hombre como conquistador, propietario y devastador irresponsable de la naturaleza.
Como respuesta a la problemática actual del gran deterioro ambiental y de la actitud hostil, se puede presentar el siguiente decálogo desde la perspectiva del mensaje franciscano:
1. Descubrir el sentido religioso de la naturaleza
2. Estar presente en la naturaleza que habitamos
3. Ver y mirar el mundo entero como un poema bellísimo
4. Escuchar la realidad como complemento del mirar
5. Reconocer activamente que, a través de nuestra corporeidad
6. Ser críticos objetivos de la situación ecológica actual
7. Aunar todas las fuerzas y los esfuerzos
8. Ofrecer una ética de la frugalidad
9. Trabajar en la creación de un sistema alternativo
10. Inventar una nueva pedagogía ecológica.

lunes, 2 de agosto de 2010

EL REINO DE DIOS, UN PASIÓN QUE ENVULEVE LA VIDA DE JESÚS


Jesús vive en la historia de un modo fascinante y apasionado, con amor y misericordia. La pasión de Jesús fue hacer presente el sueño de Dios y ese sueño no es otro que el Reino. Jesús se manifiesta dando vida, haciendo a los hombres más humanos, más fraternos. Este es el compromiso que adopta y adoptará en la vida, el motivo de su trabajo y de su lucha diaria.
El Reino de Dios es algo muy humano. Consiste en apostar radicalmente por el hombre; hacer de la causa del hombre la causa de Dios. No consiste en acciones de culto o religiosas, sino de liberación, sanación y rehabilitación. Una opción por el hombre, el hombre pobre, oprimido, excluido y en necesidad. Ahí estaba lo sagrado para Jesús, dicho de otro modo: Jesús nos enseña que la apuesta por el hombre es el modo de acceso a Dios.
El Reino con todo lo que conlleva, era lo primero y lo último para Jesús. Lo último para Jesús no es tampoco su propia persona, pues Jesús no se predicó a sí mismo, sino el Reino de Dios. Desde su aparición pública Jesús se presenta anunciando el Reino o reinado de Dios. Este Reino de Dios tiene dos dimensiones, presente y futura, que puede disociarse y que sobre todo, están unidas en la propia persona de Jesús.
En Jesús el Reino ya está presente, como una semilla que se está sembrando en el mundo y un día se podrá recoger la cosecha final; él es su mediador, su vehículo y su presencia, aunque a la vez con la capacidad de futuro que solo a Dios le corresponde cumplir en la consumación final. En Jesús, el Reino de Dios presente es como la “aurora del Reino”.
El Reino de Dios es lo absoluto para Jesús lo vive en lo más hondo y lo propone con pasión, en todo cuanto hace y dice. Su misma persona es encarnación del Reino. Será la razón de su vivir, de su desvivirse y del conflicto que derivó en pasión de Cruz.
Jesús vive cautivado existencialmente por el Reino. Anunciar el Reino, hacerlo presente, comunicarlo, es la misión que da unidad a su vida. En función del Reino está su estilo mesiánico de vida. El Reino es la razón de su pobreza, de su celibato, de su disponibilidad; por el Reino se siente en la mesa con los pecadores, cura, acoge y ama a los marginados.
Podemos decir que Jesús solo buscaba una cosa: que hubiera en la tierra hombres y mujeres que comenzaran a actuar como actúa Dios. Era su pasión: una vida en la que todos respiraran el aroma de Dios, en la que todos actuaran según su querer. El Reino de Dios es una buena noticia porque es Reino de vida.
Jesús, hombre del pueblo y siempre en él, percibe a Dios como vida y felicidad; desde ahí se sumerge en la realidad del pueblo y en ella genera vida a través de un modo de vivir, unos signos, unas palabras. El Reino de Dios apunta a la relación entre Dios y los seres humanos. En el Reino de Dios, el primer lugar es para los que sufren.
Aunque es Dios quien crea el Reino, los seres humanos tienen un importante papel a la hora de hacerlo realidad. El Reino no es simplemente algo que tratamos de hacer realidad, sino que también es algo que nos sucede a nosotros y que nos llama. El Reino de Dios irrumpe en la historia trayendo amor y liberación para los individuos y los grupos.
La búsqueda del Reino como proyecto es inacabable. Un carisma como la misericordia, la providencia o la bondad de Dios tiene que traducirse no solo en una pasión global, sino en proyectos y objetivos concretos.
Hoy subrayamos que el Reino de Dios existe no solo en nuestros corazones, sino también en el mundo, causando un impacto tanto en la vida personal como en la social. El Reino no solo crece en los individuos, sino también en los grupos, las naciones, las instituciones, las actitudes, las razas y las culturas.
La llamada del Reino en nosotros es importante. Nos impulsa a cuestionarnos si nuestros actos son de amor o de egoísmo. El Reino de Dios llama a las personas a apartarse de sus ídolos para seguir más de cerca a Jesús.

miércoles, 28 de julio de 2010

PRESUPUESTOS FRANCISCANOS PARA UNA CULTURA CORDIAL


La vida está marcada por determinadas situaciones, acontecimientos en los cuales el hombre está en el centro, busca ser protagonista de los sucesos. El hombre ha sido desde sus inicios un ser en relación con su entorno. Buscó estar en armonía y paz desde la creación, fue puesto en medio de todo lo creado para cuidar y cultivar (Gn2, 15); tuvo siempre una relación con Dios, luego con sus semejantes con quienes ha desarrollado sus habilidad de comunicarse y escuchar. Traigo aquí la frase de Zenón de Elea: “Nos han sido dados dos orejas, pero solo una boca, para que podamos oír más y hablar menos” Esta frase puede ser contrapuesta en nuestros días, ya que la capacidad de escucha y relación va perdiéndose en la mayoría de los ámbitos. Prima más el hablar y manifestar, muchas veces siendo “flatus vocis” que no tiene resonancia, ni sentido.
Un texto bíblico que nos ayuda en nuestra reflexión es la de Santiago: “Sean todos prontos para escuchar, lentos para hablar y lentos para la ira” no es lo que deberíamos buscar? Son estos presupuestos los que tenemos que recuperar si queremos tener una cultura cordial, una sociedad cortés, el buen trato y buena escucha.
Nuestra reflexión estará enfocado desde la óptica franciscana, específicamente desde San Francisco de Asís, hombre presto para escuchar a Dios y al prójimo. Abierto a la relación con la naturaleza, las criaturas y todo cuanto salgan a su paso.
La cultura es un factor condicionante e incluso configurador de la misma naturaleza humana. La relación de la persona con el mundo real no suele ser directa, sino mediante los conceptos de nuestra mente, es decir, de la cultura. La cultura hace de puente colgante entre la vida personal y la vida social. De ahí su gran importancia, para bien o para mal, del ciudadano.
La situación de la cultura a nivel mundial es un problema de distanciamiento entre las diversas realidades, que se han hecho recelosas y hostiles entre sí. Sencillamente nos encontramos con la preocupante situación de la incomunicabilidad o, peor aún, con el problema de la conflictividad tanto en el campo cultural y humano como en lo social y religioso.
En la sociedad actual, la persona suele estar reducida a cifra y a número. Somos seres anónimos, es decir, que nuestra presencia, nuestra persona, no cuenta para nada sino estamos avalados por un papel oficial. Sin embargo, cada persona tiene su específico rostro y su propia personalidad, cada animal su propia misión, cada cosa su propia significación.
Francisco vivió y reconoció la presencia del prójimo. En el reconocimiento del otro podemos observar no solo un tacto especial de ver y tratar a los otros y a los demás cosas, sino una categoría cultural sobre el mundo y sobre la vida. Desde la presencia total, que es Dios, tenemos que dirigirnos a todos las demás presencias humanas y mundanas, tratando con infinita cortesía, amabilidad y respeto. Es la presencia, que crea nuevas presencias y entabla relación entre ellas. La categoría de presencia engendra un sentimiento, crea una actitud y se manifiesta en un comportamiento singular ante la vida y ante los otros.
Desde la experiencia de la presencia brota el ser y el estar relacionado. Es uan relación sentida, vivida y compartida. Esta dimensión relacional es de gran interés e importancia en las llamadas filosofías dialógicas actuales. Este estar relacionados en la sociedad y en la naturaleza, da a la persona una actitud de respeto, acogida y escucha, pues la persona constituye una comunidad activa con los otros y con los demás seres de la naturaleza. Esta relación vital y dinámica puede sanear la indiferencia, la insolidaridad, los desplantes y opacidades cotidianos, ya que a través de la relación amistosa y fraterna se puede descubrir el verdadero rostro humano.
La dimensión relacional humana se descubre y manifiesta en infinidad de encuentros, uno de los acontecimientos más sorprendentes y repetidos es el encuentro. Es un hecho importante que sucede entre personas. Nos topamos frecuentemente, nos cruzamos los unos a los otros. Sin embargo, en raras ocasiones nos encontramos. La vida es un encuentro, aunque no es fácil el encuentro profundamente humano.
Francisco enseña al hombre actual que necesita despojarse de muchas máscaras y resistencias para revestirse de buen humor y sana ironía al mismo tiempo que sea capaz de encuentros fecundos y creadores con todas las personas de su entorno y con los seres y cosas de la vida cotidiana para poder descubrir la riqueza patente y latente del mundo natural.
Del mismo modo, todo encuentro sincero supone acogida. A la actitud de recelo y sospecha hay que oponer la actitud de acogida, colaboración y participación. Actualmente el hombre debe sentirse protagonista activo en la transformación de la sociedad.
Otro tema y demás en boga es el del diálogo, como recurso necesario para entablar relaciones y alcanzar compromisos. Para poder crear el horizonte humano y espiritual de un diálogo dinámico y fructífero es necesario despojarse de muchos prejuicios y armarse de una idea elevada del hombre por muy adversario o esquinado que se le considere. En primer lugar hay que superar la categoría de lo antagónico como forma incivil de convivencia. Frecuentemente el enemigo es un pretexto, una máscara para lograr intereses muy precisos y premeditados.
Francisco se colocaba más allá de las diferencias antagónicos y rivales para encontrarse con lo real y verdadero de la persona, con sus propios problemas humanos, en las que todos coinciden. Por eso trató de defender la paz, la convivencia y la armonía social como valores absolutos, más allá de los particularismos personales o de clases y grupos.
La sociedad no es otra cosa que el cuerpo alargado de la persona, abismo de grandeza y de miseria. En nuestra sociedad, moderna y posmoderna, predomina y se impone poderosamente la racionalidad, que pretende explicarlo todo a la luz de la razón comprensible y de constatación verificable del laboratorio. Frente al gran culto a todo lo positivo se observa un gran silencio u olvido de lo negativo.
Ante esta situación tenemos que cultivar la mirada, pues juega un papel especial en las relaciones humanas. La mirada constantemente nos encubre y nos descubre, más abre y nos oculta, nos acerca y nos separa. Tiene un poder extraordinario de relación o de rechazo. Cada uno es lo que mira y ve lo que le interesa. Toda mirada es la proyección del yo, y lo que no sea ese yo saldrá por ella. La mirada es tan importante en la vida cotidiana que constituye un vínculo especial entre la persona y la sociedad, entre el individuo y el mundo.
Mirar no es descubrir colores, sino entablar relaciones. Los ojos son simples instrumentos transmisores de una presencia que interroga. Quien se deja mirar y ser penetrado por la mirada amante descubrirá la urgencia de entablar una profunda relación. Tal vez muchos mortales nunca se deciden porque tienen miedo a las miradas interiores y a dar respuesta a interrogantes decisivas.
Cuando Francisco se ha sentido mirado por Dios, todo su ser se ha iluminado, comenzando a ver toda la vida con una nueva perspectiva. Hay que mirar la sociedad, el mundo y la vida con ojos amorosos y transformados.
La escucha es sumamente importante en las relaciones personales. Escuchar supera el simple oír para poder entrar en relación con lo que dice. Escuchar es dar crédito al otro y tomarlo en serio. Oír tampoco es escuchar ruidos o sonidos, sino entablar una nueva relación. Normalmente nos quedamos en la asonancia del oír, sin penetrar en la resonancia del significar. Lo que impide que se logre la consonancia entre las personas. San Buenaventura define a la persona como sonido que resuena.
La visión franciscana de la vida implica un estar despierto para poder ver, escuchar y percibir ese mundo maravilloso de presencias y mensajes, que hace de quien participa de ellas una existencia llena de sentido, plenitud y celebración.
En la actualidad, el ser humano se suele balancear entre el entusiasmo y el desencanto ante los acontecimientos de cada día. Con frecuencia se tiene el convencimiento de que el hombre ha sido defraudado en sus esperanzas o que la esperanza no anima suficientemente al ser humano. La esperanza es uno de los importantes temas culturales de nuestro tiempo.
La esperanza en clave franciscana puede ser un buen fermento en la construcción de una nueva cultura que supere el pesimismo reinante, la desconfianza y la sospecha entre los ciudadanos.
La esperanza debe traducirse en alegría, en canto y en un impulso inacabado de ir siempre hacia adelante y hacia arriba, hacia Dios y hacia los hombres. La esperanza vivida era para Francisco y sus frailes, su estado espiritual y su dinamismo vital. La esperanza no solo es una actitud frente a Dios, sino también frente a los otros y frente al mundo natural. La esperanza es la otra cara del amor, porque el que ama sinceramente a un ser espera de él lo imprevisible.
La esperanza en el franciscanismo connota una especial actitud ante la vida que se traduce en audacia, espíritu de creatividad, voluntad de riesgo, talento optimista y en fidelidad a lo concreto. La esperanza también engendra osadía. Pero la osadía, animada y sostenido por la esperanza de futuro, supone la presencia de gracia en el mundo y en la cultura.
El futuro ya no es como era. No es continuación sino consecuencia del presenta, en el que todos estamos comprometidos. Francisco nos invita a ser servidores del hoy y centinelas del mañana.
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